
Tiene 52 años y síndrome de Down y reivindica la felicidad de las personas que, como ella, encuentran en los centros espacios en los que compartir, aprender un oficio y ser felices.
Eva Martínez tiene síndrome de Down, 52 años y estos días está leyendo a Elsa Punset. A Eva le gusta leer, pintar mandalas, rehabilitar muebles y, si hace falta cocinar, “también cocino”. En realidad, Eva es —como dice ella misma, sin tapujos y sin complejos— “una persona como las demás”. Por eso defiende que del síndrome de Down “no hay que hablar mucho” en su intención de restarle importancia.
Eva se crio en la zona rural asturiana, en La Roda (Tapia de Casariego), donde escuchó muchas veces, por lo bajo, que ella era diferente. Pero la vida, su carácter alegre y abierto, sus ganas de aprender y sus capacidades le dieron la vuelta a ese discurso. Hoy, el síndrome de Eva es solo una condición más. Sus ojos verde esperanza reflejan el cariño y la alegría con la que vive cada día en el Centro de Apoyo a la Integración Fraternidad, un lugar que trabaja con un objetivo común: acompañar de forma integral a las personas con discapacidad intelectual. Eva se siente feliz en el CAI… y hace felices a los demás. Nunca pierde la sonrisa. “Yo soy así”, dice abriendo mucho los ojos antes de soltar una carcajada.


